La Comunidad Organizada Para La Emergencia

 

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Los grupos humanos se organizan a partir de variadas necesidades sociales, con el propósito de generar algún tipo de beneficio, apoyo mutuo, respuesta a situaciones o cualquier otro aspecto que sea necesario satisfacer. Bajo esta mirada, podríamos afirmar que la sociedad chilena está preparada para abordar una situación de apremio, en forma autónoma y casi inconsciente, a base de una memoria catastrófica histórica.
Tomando en cuenta que el nivel organizativo básico de la sociedad es la familia, para luego escalar a los líderes comunitarios o presidentes de juntas vecinales, la pregunta que cabe plantearnos es si ¿Estamos preparados en estos niveles para enfrentar una emergencia con eficiencia y eficacia, donde se demuestren los liderazgos, la distribución de tareas, la estructuración de simples ideas de reacción, plasmando acciones planificadas y protocolizadas, con control emocional y situacional, dando una primera respuesta adecuada y quedando en las mejores condiciones para continuar con el ciclo de la gestión del riesgo de desastres (GRD)?
Está claro que el fin último en la GRD es proteger la vida humana, para luego iniciar el proceso de recuperación lo antes y de la mejor forma que resulte posible. Lo complejo es hacerlo organizadamente y con el “miedo controlado”.
Siendo uno de los 10 países con mayores desastres y/o catástrofes, aún nos queda mucho que aprender. Si detuviéramos hoy el tiempo para analizar nuestra preparación para enfrentar un fenómeno, cualquiera sea su naturaleza, nos daríamos cuenta que estamos fuera de los óptimos niveles de previsión para ser efectivos en la respuesta.
Hagamos algunas sencillas preguntas; ¿Mi familia está preparada para enfrentar una emergencia?, considerando lo más básico como una mochila con los elementos básicos de supervivencia; si el grupo familiar está disperso dependiendo de las edades de quienes lo componen, ¿Están definidos los puntos de reunión?, ¿Conocemos las zonas seguras? Así como éstas, existen muchas otras consideraciones, pero que difícilmente hoy están masificadas y aplicadas en los entornos sociales básicos.
Si enfrentamos el problema desde la óptica empresarial, nos encontramos con que la inversión en prevención no es concordante con la realidad de las amenazas. Es sabido que invertir en prevención es altamente rentable y el retorno es casi inmediato. Sin embargo, las realidades coyunturales que les toca vivir a cada estructura empresarial, en la mayoría de las oportunidades las llevan a postergar la destinación de fondos a robustecer la respuesta ante una emergencia, pese a que en la mayoría de las mallas ingenieriles universitarias se aborda la “continuidad del negocio o de las operaciones”.
Hoy el Estado de Chile, a partir del “27F”, se ha centrado en configurar una institucionalidad con bases sólidas teóricas, legales, directivas y operativas, que permita enfrentar en mejor forma y de manera sistémica cualquier emergencia. No obstante, en este caminar de siete años queda la sensación que aún no tomamos real conciencia de que cada día los peligros van en aumento. Nuestra exposición se agrava cada vez más y los cambios en el entorno ambiental no son teóricos. Los que están inmersos en el aparato del estado y que trabajan día a día en diferentes áreas que se relacionan con la emergencia, ven a la sociedad muy poco resiliente, poco consciente de lo que viene y de entender que el momento de invertir tiempo y dinero es hoy y no mañana.
Entonces y concretamente ¿Qué se debe hacer hoy?
El empresario debe incluir los efectos de riesgo de desastres en su planificación de negocios, levantando posibles escenarios de afectaciones que podrían impactar sus objetivos económicos. Esto debe ejecutarse con profesionales que definan y evalúen qué y cómo puede afectar una determinada situación y como hacerle frente y mitigarla, permitiendo con ello retomar las operaciones en el menor tiempo posible. Recuperar las condiciones directivas y operativas antes que la competencia.
El barrio, la cuadra, condominio, centro comercial, edificio de oficinas o habitacional, hospital, etc., debe enfrentar organizadamente cada evento, a base de un análisis de las vulnerabilidades ante eventuales amenazas y con ello levantar sus capacidades de respuesta, otorgando responsabilidades a los miembros de la comunidad para dar una respuesta rápida con la eficacia de un “trabajo conjunto”. Esto es lo que en definitiva marca la diferencia.
La comunidad organizada no es más que aquel grupo que conforma un sencillo sistema de mando y control, quienes levantan procedimientos para tomar y apoyar la decisión, gestionando los aspectos claves en una crisis; la información, la comunicación, la coordinación y la cooperación. Logrado lo anterior es dable suponer que los componentes de los equipos de emergencias, del nivel que sean, actuarán alineados durante el primer momento, evitando la tan recurrente descoordinación y falta de información, aminorando sus fatales efectos a base de un actuar combinado y eficaz, además de cumplir con el básico precepto de que todas las organizaciones que apoyan deben interoperar entre ellas y, por supuesto, con la comunidad organizada.

 

JUAN CARLOS ANDRADES CAREAGA Director de “CALAMITAS 27F”, ONG, para la gestión integral de reducción el Riesgo de desastres.